"está bien si dejo entrar pedacitos de amor"
tenía una entrada de hace ya un buen rato, un par de semanas creo, y que sólo decía esto, así que quería aprovechar lo que es leerme en las cosas que no publico y que se me olvida que pienso de repente.
No, no está bien, no se hace esto, no voy a hacer esto más, y estoy en la fiel tarea de evacuar cualquier pedacito de amor que haya entrado en este corazón de alcachofa: que se vaya, y que no vuelva más
jueves, 25 de diciembre de 2014
martes, 23 de diciembre de 2014
No sé cómo empezar esta
Creo que llevo tiempo pensando que quizás voy hacia adelante, y que todo lo que hago ahora no es un retroceso ni un estancamiento, sino que son las vueltas necesarias para que la espiral avance. Trato de pensar que los días que estoy triste valen la pena, pero no sé si en realidad así, y no sé si sea lo mejor seguir pensando así.
No sé cómo estar con alguien a medias, siento que tengo el corazón gordo y se me desborda. No sé qué voy a hacer, ni cómo voy a hacerlo, y solo espero con todo todo el corazón que no se muera una parte de mi con esto, aunque suene muy iluso: no quiero salir a medias de acá.
Igual no era esto de lo que quería hablar. En realidad, era solo una entrada para poner cairtas felices, porque hay personas que con hablar un poco te alegran el día. Mira, caritas felices (: (: (: (: !!!
No sé cómo estar con alguien a medias, siento que tengo el corazón gordo y se me desborda. No sé qué voy a hacer, ni cómo voy a hacerlo, y solo espero con todo todo el corazón que no se muera una parte de mi con esto, aunque suene muy iluso: no quiero salir a medias de acá.
Igual no era esto de lo que quería hablar. En realidad, era solo una entrada para poner cairtas felices, porque hay personas que con hablar un poco te alegran el día. Mira, caritas felices (: (: (: (: !!!
viernes, 21 de noviembre de 2014
contar navidades
me invadió una pena terrible, la pena más básica, la de las cosas que se fueron y que no vuelven
domingo, 9 de noviembre de 2014
Otra vez
me remuevo en el asiento, nerviosa, aireada, cansada y ansiosa por sobre todo. Si dijera que cada vez que pasa es peor sería mentira: cada vez es exactamente igual. ¿Cuánto crees que puedo seguir así? Me pillo con la garganta apretada, escribo rápido tratando de retener las ideas, de no dejarme llevar por la pena, y hago todo lo que me es físicamente posible para no llorar. No es tan terrible, solo pasa una vez más, y otra vez, y otra vez, y las lagrimas que se me atoran detrás de los ojos ya dejan de ser rabias de pena, o de rabia, o de frustración; ya son lágrimas de pura impotencia, de ver pasar cada cierto tiempo la misma escena, en el mismo escenario, los mismos actores, y nada cambia, ni en 1 ni en 4 ni en mil años. ¿Qué parte de esto me hago a mi misma? ¿De verdad son tan pocas las opciones que me quedan? Qué paja, qué paja esto.
miércoles, 15 de octubre de 2014
say it aint so
es raro volver a la normalidad y sentirte muy distinta a como estabas antes.
Quizá mantenerme ocupada me hace bien, pero todavía me gustaría poder dormir hasta deshacerme.
jueves, 2 de octubre de 2014
Hola
Es muy difícil escribir así. Me siento muy redundante cuando escribo lo que siento, en especial si lo estoy sintiendo en el mismo momento. Ahora mismo, me está costando mucho, y aun así siento la necesidad de hacerlo.
No fui a clases hoy. Es mi clase favorita, a la cual lamento mucho faltar, y así y todo decidí, bañada y a medio vestir, que el camino era eterno y que la cara era muy pesada, más aun los pies. Decidí no ir a la de la tarde. Pensé en un día libre, pensé en que, no importa qué tan triste estuviera, sola en la pieza, tendría momentos de luz, y podría dormir, podría jugar, y no tendría que ponerle cara a nadie. Llegó mi tía igual, así que ordené la pieza, barrí, tomé las guitarras y las dejé en la pieza de al lado. Un paso más, me dije. Un pasito a la vez. Ordené mi escritorio, apilando simétricamente las cosas a un lado. Vi un capitulo de una serie que alguna vez intenté ver con el Matías, y lloré un poco más. Jugué, me llamó un amigo, lloré y dormí. Desperté con la visita de una amiga. Hicimos panqueques dulces y salados, y cuando me pregunta cómo estoy, le cuento con los ojos llorosos y riendo, tratando de hacerme la tristona alegre, la que lloriquea pero lo domina igual. Me dijo que llorara no más, y me excusé diciendo que no me gusta que me vean llorar porque me pongo mocosa, y eso me de verguenza. No le dije, porque nunca es algo que una quiere decir, que había llorado todas las noches antes de dormirme, y cada mañana cuando desperté. No le dije el vacío que se estaba comiendo mi cabeza, tragándose las penas y los ánimos, ni le dije las esperanzas tontas que guardo siempre debajo de la almohada. No le dije tampoco cómo camino de puntillas en la casa, como si fuera a despertar algún recuerdo no deseado entre las miles de cosas que siguen aquí. Solo me reí, con los ojos hinchados, comentandole brevemente el curso de los acontecimientos, en el resumen que había adecuado para contar a cada una de mis amigas. Comemos, reímos, planeamos cosas, y la voy a dejar abajo.
Una vez que vi la micro partir, tomé el pucho que había guardado con vergüenza en mi bolsillo, y lo prendo. Aprovechando la soledad de las 10 de la noche en San Antonio, tarareo una canción, y me quedo mirando a un par de niñas que toman su micro, y los colectivos que pasan lento y mirándome fijo, esperando que me suba. A penas acaba de consumirse, subo. Ahora estoy hedionda a cigarro.
No sé sublimar. Nunca he sabido, pero ahora creo que es peor. ¿Qué hacer cuando sabes que, de aquí a un mes, él va a estar bien y yo no? Y cuando hayan pasado dos meses, tres meses, y encuentre a alguien más. ¿Qué voy a hacer? Ya no me acuerdo cómo se hace esto. Siento que lo sé todo, que lo único que tengo que hacer es esperar a que todo mejore, pero no sé si pueda llegar... siento que, dado mi forma de ser, dado lo que me he convertido con el tiempo, lo único que voy a lograr va a ser hundirme.
No fui a clases hoy. Es mi clase favorita, a la cual lamento mucho faltar, y así y todo decidí, bañada y a medio vestir, que el camino era eterno y que la cara era muy pesada, más aun los pies. Decidí no ir a la de la tarde. Pensé en un día libre, pensé en que, no importa qué tan triste estuviera, sola en la pieza, tendría momentos de luz, y podría dormir, podría jugar, y no tendría que ponerle cara a nadie. Llegó mi tía igual, así que ordené la pieza, barrí, tomé las guitarras y las dejé en la pieza de al lado. Un paso más, me dije. Un pasito a la vez. Ordené mi escritorio, apilando simétricamente las cosas a un lado. Vi un capitulo de una serie que alguna vez intenté ver con el Matías, y lloré un poco más. Jugué, me llamó un amigo, lloré y dormí. Desperté con la visita de una amiga. Hicimos panqueques dulces y salados, y cuando me pregunta cómo estoy, le cuento con los ojos llorosos y riendo, tratando de hacerme la tristona alegre, la que lloriquea pero lo domina igual. Me dijo que llorara no más, y me excusé diciendo que no me gusta que me vean llorar porque me pongo mocosa, y eso me de verguenza. No le dije, porque nunca es algo que una quiere decir, que había llorado todas las noches antes de dormirme, y cada mañana cuando desperté. No le dije el vacío que se estaba comiendo mi cabeza, tragándose las penas y los ánimos, ni le dije las esperanzas tontas que guardo siempre debajo de la almohada. No le dije tampoco cómo camino de puntillas en la casa, como si fuera a despertar algún recuerdo no deseado entre las miles de cosas que siguen aquí. Solo me reí, con los ojos hinchados, comentandole brevemente el curso de los acontecimientos, en el resumen que había adecuado para contar a cada una de mis amigas. Comemos, reímos, planeamos cosas, y la voy a dejar abajo.
Una vez que vi la micro partir, tomé el pucho que había guardado con vergüenza en mi bolsillo, y lo prendo. Aprovechando la soledad de las 10 de la noche en San Antonio, tarareo una canción, y me quedo mirando a un par de niñas que toman su micro, y los colectivos que pasan lento y mirándome fijo, esperando que me suba. A penas acaba de consumirse, subo. Ahora estoy hedionda a cigarro.
No sé sublimar. Nunca he sabido, pero ahora creo que es peor. ¿Qué hacer cuando sabes que, de aquí a un mes, él va a estar bien y yo no? Y cuando hayan pasado dos meses, tres meses, y encuentre a alguien más. ¿Qué voy a hacer? Ya no me acuerdo cómo se hace esto. Siento que lo sé todo, que lo único que tengo que hacer es esperar a que todo mejore, pero no sé si pueda llegar... siento que, dado mi forma de ser, dado lo que me he convertido con el tiempo, lo único que voy a lograr va a ser hundirme.
viernes, 26 de septiembre de 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
lunes, 22 de septiembre de 2014
Splendor - Wait
Antes, cuando vivía allá y me quedaba dormida, mi la hora más bacán del día era siempre esta. Alcanzaba a ver por la pequeña franja de paisaje que quedaba entre los edificios vecinos que el sol estaba a punto de ponerse, y en treinta segundos ya tenía la ropa puesta, la cámara y el mp3 en la mano, y las zapatillas a medio entrar. Agarraba corriendo las llaves, y una vez fuera del departamento le pegaba al botón del ascensor hasta que se abriera una de las puertas. Esos asensores andaban tan rapido, que en un par de segundos los veintitantos pisos se hacían nada. Al abrirse la puerta, corría a la izquiera, siempre segura de entrar a la segunda puerta. Una, dos, escaleras con el aire helado de las "alturas", izquierda, izquierda, puerta a presión, y una bocanada de aire húmedo. El ruido de los ventiladores se perdía rápido, y al caminar a la derecha, llegaba finalmente al mirador. Mi mamá siempre se jactaba de que ese era el departamento más alto del plan de viña, y era como mentira porque no estoy segura de que donde está se le pueda llamar "plan".
No sé si vi atardeceres más bonitos que allá. No sé cuántas fotos tomé al mismo paisaje, con el mismo sol, y el mismo mar, o cuántas canciones escuché muerta de frío, apoyada en la baranda que me quedaba justo a la altura de la cara. Estoy segura que fueron una cachá.
Ahora, el momento que más odio, el que espero todo el día con miedo, es el atardecer. Si tuviera que escoger una sola imagen para describir mi ansiedad, sería el cerro, con las casas anaranjadas por la luz proyectando sombras negras, recordándome que es otro día que voté a la basura, otro día más perdido, otro que suma otro, que suma otro, que suma otro hasta el día que me muera. Ni siquiera alcanzo a ver el horizonte desde acá. Sé que es super tonto, pero saber también cada brillo en la quebrada es un atardecer que me pierdo, me pone ya en lo último de lo peor.
No sé si vi atardeceres más bonitos que allá. No sé cuántas fotos tomé al mismo paisaje, con el mismo sol, y el mismo mar, o cuántas canciones escuché muerta de frío, apoyada en la baranda que me quedaba justo a la altura de la cara. Estoy segura que fueron una cachá.
Ahora, el momento que más odio, el que espero todo el día con miedo, es el atardecer. Si tuviera que escoger una sola imagen para describir mi ansiedad, sería el cerro, con las casas anaranjadas por la luz proyectando sombras negras, recordándome que es otro día que voté a la basura, otro día más perdido, otro que suma otro, que suma otro, que suma otro hasta el día que me muera. Ni siquiera alcanzo a ver el horizonte desde acá. Sé que es super tonto, pero saber también cada brillo en la quebrada es un atardecer que me pierdo, me pone ya en lo último de lo peor.
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