Tanto que decir
Tan poco ánimo para decirlo
Bah
Hace un par de días, pensé que era el primer día, en mucho tiempo, en que sentía algo. No sabía bien qué; quizás era un poco de todo. Desde siempre, mi experiencia subjetiva consiste en altos muy altos, bajos muy bajos, e intermedios que no duran más que un par de horas. Los últimos meses sentía que nada se movía. Los bajos se habían quedado abajo, muy abajo, estancados e inertes. Sentía el cuerpo adormecido, el pecho vibrante, la cabeza muy pesada. Como una hoja al viento, como una roca que rueda río abajo, todo en la peor forma posible.
Han pasado tantas cosas importantes, que tuve miedo de perdermelas. Quise sentir los últimos momentos de este arco con felicidad; quise reír con mis amigas y compañeras, quise dejarle palabras sinceras a mis niños. Quise aprovechar esos últimos días en Santiago, ir a la feria, intentar sentir en mi cuerpo ese entusiasmo liviano y luminoso. Quise caminar por la calle y sentir el sol en mi piel.
No preví la pena. Creí que se sentiría igual estos últimos meses; esa mezcla de angustia y aplanamiento, esa desesperación insoportable. No preví la pena profunda, el dolor visto en cámara lenta, de mi corazón rompiéndose en pedacitos a sí mismo. Se siente increíblemente necesario, y nunca había visto con tanta certeza lo alineados que están ambos sentimientos. Sin embargo, ahora no puedo parar de llorar. A veces siento que pierdo las proporciones. Pero me pregunto si, cada vez que llore, estaré sacando algo de esto al mundo. Parte de este sentimiento se vuelve tímido afuera. Pero quisiera llorarlo, quisiera llorarlo todo, porque por primera vez quizás, veo todo esto quedarse atrás. Sin la ilusión infantil del retorno, avanza mi vida como cauce de río; nada permanece igual, aunque lo parezca. Quisiera llorar infinitamente, por todo lo que se pierde, y no vuelve. Lo que odié y lo que amé. Nada permanece realmente.
hoy día es el primer día en días
hoy día es el primer día en que pude mirar por mi balcón. Santiago se veía blanco, extraño y difuminado. Brillaban las ventanas del edificio enorme que está a un par de cuadras, el elefante blanco. después de varios días sin salir, sin bañarme, durmiendo y comiendo y durmiendo y fumando, quise mirar y grabarme en la memoria el color de la luz reflejada en los ventanales. el atardecer es hermoso desde ese reflejo.
anochece, y la ciudad me mira en infinitas luces amarillas. sentí acabarse todo esto. me sentí peregrina. lejos de casa, que más que casa es una espalda tibia sobre la que llorar. me sentí llorar, sin espalda tibia sobre la que apoyarme. me sentí llorar un llanto viejo, y sentí palidecer las luces. dudé de las palabras, y de mí misma. pensé en mi amigo, acostado sobre su cama, con las piernas arrumbadas sobre la pared, con la única luz de una vela, y me escuché decir algo sobre este sentir, enorme, sin lugar para descansar. hay personas que no le temen al tamaño de este sentir. y me inundé de agradecimiento, y de propio temor. y lo sentí, mirando mi herida, y me sentí llorar una vez más. y dice algo, que da un giro, y siento calidez en mi pecho, y siento la pena más grande. una pena viva.
qué dolor, pensé. estoy enamorada de mi herida.
Voy en el bus de las 2 de la tarde. Para llegar, tuve que cambiarme mis zapatos a zapatillas, correr hasta la micro. Tuve que esconderme a un costado del terminal, para pegarme un pipazo, y alcanzar a fumarme un cigarro. Todo antes de las 2. Cuando subo al bus, tengo la boca seca y el sabor del tabaco pegado al paladar. Me siento liviana y en mi pecho revolotean cosas que no logro determinar bien. Amo salir de San Antonio, desde la vista alta del bus. Amo sentir el calor del sol, a través del vidrio, sobre mi piel. Amo dejar mis cosas a un costado, sabiendo que no se va a sentar nadie cerca. Con los audifonos puestos, pongo lo que sea que esté sonando en ese momento. A veces lloro, otras veces solo me retuerzo como una iguana al sol. En medio del peor año de mi vida, no sé si soy feliz. Pero sí se que siento, en ese momento, siento y lo que sea que siento, se siente en mi cuerpo, en mi pecho, en mi piel.
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Me dijo que creía que me gustaban los hombres oscuros. Me reí, le dije, "y eso que no viste a los otros". Nos reímos. Dice que es mi autopercepción, y yo me río de nuevo. No profundiza. Sé a lo que se refiere. Pero sé que no ha visto el resto también. Es cierto en todo caso. No vió al resto, y no ha visto el otro resto; el resto de mi, que está guardadito bien adentro. A veces me tiritan las manos y piernas, y sé que no son las pastillas, sé que es otra cosa. A veces siento gritos escapar de mi boca. A veces tengo que desviar la mirada. Sé a lo que se refiere. Yo quisiera ser luminosa también.
Me despertaron unos tecladitos, en la canción que encontré por accidente mientras buscaba otra igual. Lloré un poco, porque despertar se siente como un dolor, y se siente como una tensión en los nudos en mi pecho. Hoy día, acumulé una montaña de ropa en el costado de mi cama, e intenté dormir apretada a un costado. Mi consuelo de estar sola es la manera en la que puedo entristecerme infinitamente, entristecerme con miseria, regodearme, llorar, sacarme fotos y borrarlas y sacarlas de nuevo. Un hombre me dijo una vez lo bonita que me veía llorando, y me tomó una foto, y ese día me reí, y en el fondo de mi estómago quise que se muriera.
Tengo tanto miedo a la palabra. Los meses pasan y no puedo decir. Y la gente que quiero se encuentra una y otra vez con un silencio que no entiendo. Y no entiendo por qué siguen. No entiendo sus palabras, no entiendo que reiteren. No entiendo sus gestos. No solo las mías, no entiendo ninguna, sus palabras tampoco son, tampoco significan. No son. Solo a veces, escucho un tecladito y suena como algo, que significaba algo, que entendí y supe y sentí. Todo lo demás es repetición. Todo lo demás es palabra en boca de niño, que se repite hasta deformarse, hasta ser sonido, y boca y lengua, y cuerda y chasquido y golpe. Todo lo demás es mandibula y fuerza, tecladitos y fuerza, tecladitos y entender y el reto es fuerza, es golpe e impacto, todo el resto es choque y contacto, golpe y fuerza.